El Laicismo es nuestra Ética

Si de lo que se trata es de hablar de laicismo/laicidad, sería un grosero error no considerar a la ética como su pieza fundamental. Y es que el laicismo es, en esencia, una ética hecha y derecha.
Una excelente definición de laicismo lo considera como “un principio de concordia de todos los seres humanos fundado sobre lo que les une y no sobre lo que les separa”, lo cual conlleva, ciertamente, implicancias de nivel ético.
En primer lugar, es un principio, vale decir, un valor conceptualizado y enriquecido racionalmente hasta ser considerado un cimiento. Ahora bien, ¿cimiento de qué? Pues de concordancia entre los seres humanos. Estamos hablando entonces de un principio que involucra un “ponernos de acuerdo”, que para ser realmente efectivo y plausible necesita inalienablemente de la libertad e igualdad entre aquellos seres que poseen las mismas posibilidades de hacer patentes sus diferencias y sus coincidencias, sus gustos y disgustos, sus valores particulares y sus ideas de sociedad.
Pero y todo esto, ¿para qué? Pues para encontrar, de entre todas las diferencias posibles, aquellos mínimos de unión y mínimos de justicia que tendrán un valor, por lo tanto, de sustento básico de convivencia. Serán valores, pero ya no fundados e impuestos desde una ideología coloreada o desde un dogma o pensamiento religioso determinado, sino que construidos sobre la base de la libertad, de la igualdad y de la deliberación consciente entre los seres humanos.
Este ejercicio demandará, naturalmente, un alto sentido de tolerancia y respeto, y deberá ser guiado bajo el alero de la responsabilidad y el compromiso. En esto consiste, a grandes rasgos, el laicismo y la laicidad.
Pero, ¿no es esto también una ética propiamente tal? En efecto, y no solo eso. Estamos aquí ante una ética que encierra en su visión una de las formas más justas sobre la cual edificar una sociedad, una sociedad fundada en derechos, des- alienada, igualitaria, feminista, inclusiva, respetuosa, democrática, tolerante y fraterna, que garantice la libertad de pensamiento y de decisión, que no castigue en nombre de los dioses, que no castigue en nombre del dinero, que castigue solamente en nombre del respeto, la tolerancia y la igualdad.

Autor: Claudio Pena

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