Sobre buses y valores

Por Claudio Peña S

La tolerancia y la libertad están en cuestión y está muy bien. De cuando en cuando aparecen, en la agenda valórica de los tiempos, expresiones cargadas de nobleza moral enarbolando banderas de preocupación y alerta ante dinámicas sociales que ponen en tensión la tranquilidad conservadora. Pasó cuando se intentó enseñar que las mujeres tenían los mismos derechos que los hombres, pasó cuando se comenzó a entender que los negros eran personas de derecho, pasó cuando Jean Paul Sartre apoyó a Fanon en las luchas emancipadoras de las colonias europeas, y pasa ahora, en nuestro criollismo ya bien conocido, con el “bus de la libertad”.

Para nadie es secreto – o debería – que las consignas que pregonan estos grupos obedecen en última instancia a una doctrina, a una ideología moral que llamamos religión – Cristiana en este caso – cuyos preceptos vienen claramente definidos en sus textos sagrados y que son tomados como norma de vida. La homosexualidad, señoras y señores, es un pecado, y el pecado se castiga con el infierno, sin tapujos.  Así las cosas, y para no sonar a hordas inquisidoras del s. XV, el discurso religioso conservador se colorea de consignas como libertad, tolerancia, derechos preferentes, racionalidad e incluso ciencia, para defender lo que, en última instancia, siguen siendo máximas divinas, que por cierto, son irracionales.

Y aunque sutil, ahí está el gran detalle: las máximas, máximas valóricas. Y porque de valores se trata esto, conviene considerar con atención lo siguiente:

Básicamente existen dos formas de hilvanar el entramado axiológico en una sociedad – con axiológico me refiero a los valores –, la primera y la más usada es la forma deductiva, de lo general a lo particular, de máximos morales, es decir y como recomienda Kant, actuar conforme a leyes o normas que parecen buenas para todos, por ejemplo “no matar”, “no hacer a otro lo que no me gustaría que me hicieran”, o la célebre “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal“, del propio Kant.

Las máximas en sí mismas no son malas, al contrario, bien entendidas y aplicadas son un insumo ético valioso, sin embargo esconden un sutil peligro. Este peligro radica en la posibilidad que tienen ciertos preceptos morales particulares de convertirse en máximas universales para quienes lo creen, y ese precisamente es el caso de muchas religiones, incluido, por cierto, el Cristianismo. Así entonces un “no matarás” o el “amarás a tu prójimo como a ti mismo” son máximas excepcionalmente saludables, el problema está cuando toda la doctrina es elevada al estatus de máxima. El entramado axiológico entonces, desde esta forma de entender lo bueno y lo malo, viene mediado por valores que son intuidos y revelados divinamente, por tanto incuestionables. Desde ahí deriva la motivación de religiones como éstas de “evangelizar”, es decir, intentar idealmente que cada ser humano del planeta conozca y actúe según dichas normas, pues es lo correcto, es la verdad. A esto le llamamos dogma, vale decir, una verdad inquebrantable e incuestionable que debe ser seguida por cuanto es lo correcto.

Ahora bien, y por el contrario, la otra forma de desplegar los valores es la que conocemos como inductiva – al contrario de la deductiva que va desde lo general a lo particular, la inductiva va desde lo particular a lo general –, entendida ya no desde máximas, sino desde mínimos. Pensar en los valores como mínimos exige ineludiblemente sentarse a conversar acerca de ellos, a deliberar y llegar a consensos acerca de sus centros y sobre todo de sus límites, los valores como mínimos exigen, por lo tanto, ser construidos, ya no intuidos ni revelados, y por lo tanto siempre vulnerables a ser cuestionados según como los avances de la sociedad lo exigen. Si las máximas tienen como consecuencia el segregar, acusar y excluir, los mínimos exigen congregar, solicitar e incluir a todos los actores de la sociedad, son los ladrillos con los que todos están de acuerdo para construir la morada de una sociedad saludable e inclusiva.

Por otro lado, el considerar a los valores como máximas nos hace caer en el llamado monismo axiológico, vale decir, considerar los valores como autosuficientes, por ejemplo, al defender consignas como la libertad y la tolerancia cada uno por separado, como si la libertad fuera buena por si misma, o la tolerancia por si sola. Veamos el ejemplo de la tolerancia.

La tolerancia es un valor, y como tal, requiere de otros valores para aplicarse y desarrollarse saludablemente en una sociedad que pretenda velar por la dignidad humana y el bien común, es decir, la tolerancia por si sola – al igual que otros valores, como la libertad – no es en si misma buena, basta con un burdo ejemplo: si alguien viola y mata a otra persona, evidentemente es un acto que no se puede ni se debe tolerar, es decir, hay que ser intolerantes. En ese contexto la intolerancia es incluso necesaria. Entonces, cuando una o varias personas, impulsadas por ideologías religiosas o prejuicios culturales, tipifican a homosexuales como enfermos, pecadores, merecedores del infierno, entre otros calificativos similares, y luego de eso se amparan en que “es SU opinión” y que merecen respeto y tolerancia, y si lo homosexuales responden ofendidos entonces los califican de intolerantes y “heterofóbicos”, cuando se dan estas situaciones, nos damos cuenta de que en el fondo se pide tolerancia a la intolerancia, una contradicción en toda la regla. En estos casos, aquella intolerancia prejuiciosa que atenta contra los derechos, dignidad y libertades individuales de las personas es la que NO SE PUEDE tolerar.

La tolerancia, por tanto, reclama para si otros valores que la circunscriban, como la responsabilidad, el respeto, el laicismo, y por sobre todo la dignidad humana, de lo contrario se transforma en una consigna vacía y sin límites.

Así mismo todos los valores en la sociedad secular deben ser considerados en conjunto, interafectados, interdependientes, retroalimentarios. La libertad se debe a la dignidad humana, al igual que la tolerancia, así mismo a la responsabilidad, la que se debe al respeto, y todos deben ser contributivos a la paz social y la felicidad humana.

Finalmente, y por lo tanto, ya poco importan las consignas moralistas ennoblecidas y disfrazadas de derechos preferentes, argumentos políticos y defensa de la libertad. El debate central se sitúa no en lo político, sino en lo valórico. Ahora si, el hecho de que una iniciativa moralista conservadora se llame “bus de la libertad”, desempolva las más profundas aporías y contradicciones de un sector de la sociedad que pretende hacer de sus creencias personales, máximas universales coloreadas de razón, naturalismo y ciencia, cuando han sido siempre, y en cada caso, imposiciones irracionales y dogmáticas.

Autor: Claudio Pena

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