Autoría: Valentina Toro Vidal
“Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado.”
George Orwell
Las narrativas desempeñan un papel fundamental en la construcción de la identidad colectiva y en la cohesión social de un grupo. A través de relatos compartidos, las comunidades nutren su sentido de pertenencia, crean significados en torno a su historia y, en ocasiones, justifican acciones hacia otros grupos. En el contexto del nacionalismo, las narrativas no solo moldean la forma en que los individuos se ven a sí mismos, sino también cómo se relacionan con su historia y cómo perciben a aquellos que consideran “otros”. Esta influencia se manifiesta en sus creencias, tradiciones y estructuras sociales, impactando profundamente la vida política y cultural.
El nacionalismo, entendido como el sentimiento de identidad y unidad en torno a una nación, encuentra en las narrativas su vehículo más potente. Cada grupo nacional construye y transmite historias que resaltan sus valores, luchas y aspiraciones. Estas narrativas pueden ser positivas o negativas, y su contenido puede variar desde epopeyas heroicas hasta relatos de opresión y victimización. El modo en que estos relatos se estructuran y se comunican juega un papel crucial en el desarrollo de una conciencia colectiva que influye en el comportamiento y las emociones de los individuos.
Las narrativas, por tanto, no son meros relatos: son herramientas poderosas que modelan la identidad, la memoria y la percepción social. En un mundo cada vez más globalizado donde las interacciones entre diferentes culturas son inevitables, el reconocimiento de estas narrativas se vuelve fundamental para entender las dinámicas de poder y la construcción social de la realidad. La manera en que los grupos narran su identidad puede contribuir a la creación de un sentido en común, pero también puede desencadenar divisiones significativas.
Esta columna se adentrará en el análisis de tres formas de narrativas nacionalistas mencionadas y buscará reflexionar sobre el poder de las narrativas en la formación de la identidad colectiva y en el desarrollo de sociedades nacionalistas.
Narrativa de victimización o de victimismo
“Primero te ignoran, luego se ríen de ti, luego te atacan, y entonces ganas.”
Mahatma Gandhi
La narrativa de victimización pone énfasis en los agravios sufridos por una nación o comunidad, resaltando la acción de un “otro” como el responsable de las injusticias. Estas narrativas no solo promueven la unidad interna al destacar el dolor compartido, sino que también justifican luchas sociales y políticas, mientras moldean visiones del pasado, presente y futuro.
En Europa, Polonia es un ejemplo de cómo este tipo de narrativa ha moldeado una identidad nacional resiliente. Desde finales del siglo XVIII hasta principios del XX, Polonia dejó de existir como estado soberano debido a las particiones realizadas por Rusia, Prusia y Austria. Este periodo de dominación extranjera, sumado a la ocupación nazi y soviética durante la Segunda Guerra Mundial, generó un profundo sentimiento de pérdida y resistencia. El levantamiento de Varsovia en 1944 contra los nazis, aunque trágico en sus consecuencias (tras 63 días de combate, los nazis aplastaron el levantamiento, dejando a 200 mil civiles muertos y a la ciudad en ruinas), fue un hecho que se convirtió en un símbolo de heroísmo y sacrificio nacional. Hoy, esta narrativa se usa para reforzar una identidad basada en la perseverancia y, también, ha influido en debates políticos contemporáneos como su defensa por la soberanía y autonomía polaca ante la Unión Europea, su desconfianza hacia Rusia y el nacionalismo interno a través de partidos políticos como Ley y Justicia que fortalecen políticas nacionalistas.
En África, el apartheid en Sudáfrica ofrece un claro ejemplo de victimización institucionalizada. A partir de 1948, el régimen del apartheid segregó a la población negra, despojándola de derechos básicos y relegándola a una existencia de marginación y pobreza. Este sistema no solo impuso barreras físicas y económicas, sino que también buscó destruir el tejido social de las comunidades negras. La resistencia al apartheid, simbolizada por figuras como Nelson Mandela y movimientos como el Congreso Nacional Africano, consolidó una narrativa de lucha y superación frente a la opresión. Desde el fin del apartheid en 1994, esta narrativa ha sido fundamental para construir una identidad nacional basada en la justicia y la reconciliación (por ejemplo, con la popularización del concepto “nación arcoíris” como símbolo de la aspiración de unidad entre las diversas razas y culturas de Sudáfrica, o la Constitución de 1996, reconocida por su enfoque en los derechos humanos, la igualdad y la no discriminación), aunque las profundas desigualdades sociales heredadas del régimen continúan siendo un desafío: en 2022, el ingreso promedio de los hogares blancos era casi cuatro veces mayor que el de los hogares negros; y más del 70% de la tierra agrícola sigue en manos de minorías blancas.
Cada uno de estos casos muestra cómo la narrativa de victimización emerge de hitos históricos traumáticos y cómo estas historias han influido en la percepción colectiva de la identidad nacional y en las políticas contemporáneas. Al mismo tiempo, demuestran que estas narrativas no solo evocan el pasado, sino que también son herramientas poderosas para movilizar sociedades y enfrentar los desafíos del presente.
Narrativa de excepcionalismo
“Israel no es solo el hogar del pueblo judío, sino el último refugio de la civilización occidental en una región en la que las fuerzas de barbarie y desorden se están expandiendo.”
Benjamín Netanyahu
La narrativa de excepcionalismo se basa en la creencia de que una nación, pueblo o grupo es inherentemente único o superior a los demás, con una misión especial o destino que lo distingue del resto del mundo. Esta narrativa sostiene que, debido a ciertas características o logros, esa comunidad tiene el derecho o el deber de liderar, influir o incluso imponer su modelo de vida a otros. A menudo, esta narrativa se presenta como una justificación para la expansión, la colonización o la intervención en otros territorios, basada en la idea de que la nación posee un “destino manifiesto” o una responsabilidad global. La noción de excepcionalismo refuerza el orgullo colectivo y puede alimentar el nacionalismo, ya que genera una identidad basada en la percepción de superioridad moral, política o cultural.
En el caso de Estados Unidos, este tipo de narrativa se ha manifestado de a lo largo de su historia, particularmente con la idea del “Destino Manifiesto”. Este concepto, nacido en el siglo XIX, sostenía que los Estados Unidos estaban destinados a expandirse desde el Atlántico hasta el Pacífico, extendiendo su influencia y valores al resto del continente. Esta visión fue utilizada para justificar la anexión de territorios, como Texas y California, y para restar importancia a los derechos de los pueblos indígenas y de otras naciones americanas. El excepcionalismo estadounidense se caracteriza por la creencia de que sus valores democráticos y su modelo económico son el estándar a seguir para el resto del mundo, una idea que perdura en su política exterior y en la forma en que se presenta a sí misma como un faro de libertad y democracia.
En el contexto de la India, la narrativa de excepcionalismo se ha vinculado a la lucha por la independencia del dominio británico. Después de más de 200 años de colonización, India adoptó una identidad nacional que enfatizaba su capacidad para autogobernarse y ser un modelo para otras naciones postcoloniales. Líderes como Jawaharlal Nehru y Mahatma Gandhi promovieron la idea de una India excepcional que no solo rechazaría la opresión extranjera, sino que también sería un ejemplo para el mundo en términos de no violencia, igualdad y autodeterminación. La narrativa del excepcionalismo indio no solo se construyó sobre su lucha contra el colonialismo, sino también sobre la visión de un país que estaba destinado a liderar el sur global en el siglo XX y más allá, demostrando que el país tenía un lugar destacado en la historia y el futuro del mundo.
La narrativa de excepcionalismo tiene un doble efecto: por un lado, refuerza el orgullo nacional, proporcionando un fuerte sentido de propósito y destino colectivo; por otro, puede fomentar un sentimiento de superioridad que justifica intervenciones externas o incluso la desvalorización de otras culturas o naciones. En todos estos casos, la idea de que la nación o el pueblo tiene una misión o papel único en el mundo, que no solo lo hace especial, sino también moralmente superior, es un eje central de la narrativa de excepcionalismo.
Narrativa restaurativa
“La verdadera fortaleza de una nación reside en la capacidad de aprender de su pasado y reconstruir, no en olvidar, sino en honrar lo que se ha perdido.”
Ángela Merkel
La narrativa restaurativa se centra en la recuperación de una nación o comunidad que ha experimentado una pérdida significativa, buscando restaurar no solo su estado original, sino su grandeza idealizada o su identidad perdida. Esta narrativa hace hincapié en la restauración de una época mejor y más próspera, a menudo vista a través de un lente nostálgico que recupera valores y principios fundacionales. El objetivo es sanar las heridas del pasado, restaurar lo que se ha perdido y construir un futuro basado en la grandeza histórica que se anhela recuperar.
En el caso de Irak, tras la caída del régimen de Saddam Hussein en 2003, se desarrolló una narrativa restaurativa que buscaba devolver a Irak a su estado idealizado de unidad y prosperidad Esta narrativa enfatizaba la recuperación de una identidad nacional fuerte, basada en la diversidad étnica y religiosa que caracteriza al país y a la herencia histórica de Mesopotamia como cuna de la civilización. Sin embargo, la restauración fue compleja, ya que la invasión extranjera, las tensiones sectarias y étnicas y la introducción de grupos insurgentes (Al-Qaeda y, posteriormente, el Estado Islámico) complicaron el proceso. A pesar de las dificultades, la narrativa restaurativa seguía siendo una parte esencial del discurso político, que llamaba a restaurar un Irak próspero y unido, y a recuperar los valores de cooperación y convivencia que alguna vez definieron al país antes de su fragmentación.
Rusia es otro ejemplo importante de la narrativa restaurativa. Desde la caída de la Unión Soviética en 1991, una de las principales narrativas ha sido la de recuperar la grandeza histórica de Rusia, tanto en términos de poder militar como de prestigio internacional. El presidente Vladimir Putin ha utilizado esta narrativa para restaurar el orgullo nacional de Rusia, apelando a una vuelta a la época soviética, cuando el país fue considerado una de las principales superpotencias del mundo. Este regreso a la grandeza idealizada del pasado se vio reflejado en acciones como la anexión de Crimea en 2014 y la guerra con Ucrania en 2022, con el objetivo de restaurar el poder y la influencia de Rusia sobre la región, y en la reafirmación de su rol en la política mundial, lo que apunta a una restauración del status que se perdió con el colapso de la URSS.
En todos estos casos, la narrativa restaurativa no solo busca “recuperar lo que se perdió”, sino que a menudo se basa en una visión idealizada del pasado. Este enfoque presenta la historia como un modelo a seguir y un ideal al cual regresar, lo que genera una profunda conexión emocional con la comunidad, al tiempo que plantea la restauración como la única vía para sanar las heridas y lograr un futuro mejor.
Las narrativas nacionalistas no son solo relatos sobre el pasado: son instrumentos que dan forma a nuestro presente y proyectan el futuro. Comprender cómo operan —ya sea desde el victimismo, el excepcionalismo o la restauración— permite reconocer su poder para unir, movilizar o incluso dividir sociedades. El desafío es doble: valorar el rol de estas narrativas en la construcción de identidad colectiva, pero también desarrollar una mirada crítica que impida que se conviertan en herramientas de exclusión o justificación de violencia.
El nacionalismo no es neutro: es un acto de construcción constante que puede fortalecer la democracia o erosionarla. Identificar las narrativas que nos rodean es una invitación a participar activamente en su revisión. No basta con repetir los relatos heredados; debemos interrogarlos, cuestionar sus silencios y proponer nuevas formas de narrarnos. Solo así podremos garantizar que nuestra identidad nacional no se construya sobre el miedo o la nostalgia, sino sobre la aspiración común de un país más equitativo.
