Autoría: Grindalaya
Con la cercanía de las elecciones presidenciales y parlamentarias comienzan las especulaciones, las encuestas, y sobre todo, la ansiedad electoral por definir el futuro gobierno de Chile. Este sentimiento ha crecido en el último par de años con el cambio que significó el regreso del voto obligatorio.
Pero, ¿cómo es que se llegó a esta decisión?
Todo comenzó a mediados del siglo 19, donde se definió el voto como “censitario”, lo que implicaba que estaba restringido a hombres, mayores de edad, que tuvieran cierto capital cultural y económico. Lógicamente, esto privilegiaba exclusivamente a la élite, y por ende, no poseía representatividad alguna de lo que opinaba la mayoría del país.
Esto continuó así por largos años hasta la Constitución de 1925, donde se levantó la restricción económica y educativa, junto a la inclusión del voto extranjero (que exigía un mínimo de 5 años de residencia). Lo anterior recibió el nombre histórico de “sufragio universal”. Sin embargo, aún no se discutía la posibilidad de otorgar el derecho a voto de las mujeres, que recién fue logrado durante 1949, con bastante atraso en comparación a otros países latinoamericanos.
Tras la obtención del voto femenino no ocurrieron cambios hasta los primeros años de los gobiernos de la Concertación. La dictadura había dejado grandes secuelas en la opinión de la ciudadanía respecto a la política. Este desinterés generalizado sobre el tema y una extraña moda entre los parlamentarios que entendían el voto más bien como un derecho que un deber, impulsó la propuesta de volver al voto voluntario. Esto fue presentado el 2009, por los entonces senadores José Antonio Viera Gallo (PS), Antonio Horvath (Independiente), junto a Sergio Romero y Alberto Espina de Renovación Nacional (RN) . Dicho grupo, argumentó que la modalidad anterior del voto “atentaba contra las libertades de los ciudadanos” y que se observaba un descenso en la inscripción electoral por parte de la juventud. Así es como el 2012 se establece oficialmente el voto voluntario y la inscripción obligatoria.
Con el tiempo, se pudo apreciar con mayor frecuencia que las personas que votaban pertenecían a un grupo minoritario y que el padrón electoral iba disminuyendo de manera casi estrepitosa. El punto de inflexión y caso más memorable fue el 2018, con el triunfo de Sebastián Piñera, quien con el apoyo de menos del 30% de la población chilena, logró llegar a su segundo período presidencial. Esto obviamente despertó alarmas en el poder parlamentario y -a opinión personal- fue uno de los tantos gatillantes del estallido social del 2019.
Después vino la pandemia, junto a los eternos e inútiles procesos constituyentes, que nos mantuvieron ocupados durante varios años. Para el año 2021 y en conjunto con la elección del gobierno actual, se regresó al voto obligatorio. Además, respecto al voto extranjero, se especificó que los 5 años comenzaban a contar a partir de la obtención del permiso de residencia temporal. Según datos del SERVEL, la participación en las elecciones presidenciales del 2021, aumentaron en un 61% respecto a las del 2017. Además, según datos de la Universidad de Chile, el voto en las zonas rurales aumentó en un 15%, mientras que en las zonas urbanas el incremento fue del 8%.
Han ocurrido diversas discusiones respecto a si nuevamente deberíamos volver al voto voluntario, motivado principalmente por el miedo e incertidumbre que genera esta nueva población votante, que hasta la actualidad, se encontraba invisibilizada. Pasaron muchos años en los que se creó una ilusión de participación ciudadana con la voluntariedad de inscripción, y posteriormente, de votación. Pero, es esta misma fantasía que terminó en la pérdida de legitimidad del sistema político, creciente apatía por este y debilitamiento de la democracia. El perfil de ciudadano promedio previo a esto no iba a votar y tenía una visión muy pesimista, porque ganara quien ganara “había que levantarse temprano a trabajar igual”. También parece que a ciertos sectores políticos más tradicionales se les ha olvidado que es su deber representar y convocar a aquellas personas indiferentes y desconfiadas -con justa razón-, en los procesos electorales.
Con lo anterior quiero expresar que si bien, entiendo y comparto el miedo porque en las elecciones de fin de año este nuevo flujo de votantes pueda favorecer a sectores de ultraderecha, es importante no “fingir demencia” con qué los ha motivado a pensar de esta forma. También hay que tener cuidado con el voto desinformado, y se debe regresar a la implementación de la educación cívica, en especial considerando que en la actualidad reinan las fake news y aumenta la dependencia a los modelos de inteligencia artificial.

NOTA EDITORIAL: Toda columna de opinión es de autoría independiente y no necesariamente representa el pensamiento de la Fraternidad.
