Autora: Carolina Schick, Kellügün
En los estudios del lenguaje hay un término que me gusta analizar, se llama “performatividad”. A muy grandes rasgos, este concepto hace alusión a la carga simbólica de una palabra o frase que, al ser emitida provoca la creación de una nueva percepción de la realidad. El ejemplo clásico es el momento en que quien oficia una boda dice “los declaro marido y mujer” porque, aunque su cotidiano siga igual, socialmente cambia el significado de su unión. Culturalmente se ve como un compromiso más sólido que antes, un evento que marca la salida de la familia de origen, la formación oficial de su nueva propia familia, etc. Es decir, se generó una nueva realidad para esta pareja.
Este fenómeno es extrapolable a la política cuando comprendemos que cada acto de performatividad, como por ejemplo al promulgar nuevas leyes, implica una modificación a nuestra organización social y, por ende, a la percepción que el pueblo le otorga a la democracia.
Democracia, este concepto ya tan manoseado y flexible en la actualidad. El origen de lo que se comprende como democracia se remonta al griego “demokratia” y “kratos” que significan “pueblo” y “poder” respectivamente. Aquello hace alusión a las formas de organización social en dónde se coloca a sus participantes como agentes activos de sus propias decisiones colectivas y proyectos de desarrollo en convivencia.
Hasta ahí, bien ¿no? Sin embargo, hay algo que me preocupa y problematizo hace años: los “apellidos” performativos que le hemos puesto a la democracia, especialmente en nuestro país. Chile se declara performativamente como una “república democrática” en su constitución, entregando simbólicamente un apellido al poder: no somos una “democracia” a secas, somos una “democracia representativa”, y esto significa que la supuesta gobernanza del pueblo es reducida al acto de votar por representantes temporales específicos, quienes tomarán las decisiones políticas que estimen convenientes, independientemente de si el pueblo está o no de acuerdo con esa estimación de conveniencia.
Por tanto, a pesar de que el pueblo puede elegir libremente, la representación no asegura que nuestras ideas lleguen o sean defendidas efectivamente en las discusiones políticas y, por ende, no estamos decidiendo lo que finalmente se transforma en los acuerdos que rigen nuestras vidas como nación. Por tanto, nuestro voto es el acto performativo en que aceptamos que alguien más hable por nosotres.
Tenemos naturalizado que en campaña las personas propongan ideas alineadas a nuestra voluntad y que después no cumplan. O sea que la persona puede cambiar de opinión, sea cual sean sus razones, y no existe repercusión alguna para ese desacato a la palabra empeñada hacía quienes representa.
Y nos acostumbramos a que nos engañen, elegimos ignorar lo que realizan, hasta nos burlamos de que nos mientan, pero igual seguimos cometiendo el mismo error de ingenuidad al validarles mediante nuestro voto sin tener mecanismos que nos vinculen a sus acciones.
En el caso hipotético en que el pueblo completo estuviera en desacuerdo con su representante, no tenemos cómo hacer valer nuestros sentipensares ni tampoco podemos retractarnos de los nombres que elegimos como representantes. Es decir que, durante el tiempo en que entregamos una representación a alguien, también estamos anulando nuestros discernimientos.
Si comparamos esta situación a algo individualizado, en nuestro país se puede declarar a una persona como imposible de discernir si misma, para después entregar a alguien más la potestad de su representación. Este proceso entrega un apellido performativo: Ya no es una “persona” a secas, ahora es una “persona Interdicta”.
Comento esto porque lo relaciono con la democracia representativa chilena en dónde el apellido “representativa” nos instala temporalmente como un pueblo imposibilitado de discernir, necesitando a alguien que nos represente y decida por nosotres. Es decir, como pueblo tenemos un apellido que no es explícito constitucionalmente, pero sí es lo que pragmáticamente vivenciamos: Somos un “pueblo interdicto”.
Daré dos ejemplos recientes del cómo ha operado esta interdicción en los últimos años, centrándome en el fallido último proceso constituyente, en dónde el discernimiento del pueblo decantó en la elección de dos opciones concretas: (1) Si a una nueva constitución y, (2) Elegir a quienes la redactaran.
Por tanto, el pueblo declaró que no desea continuar con la constitución pinochetista y que, además, tampoco queríamos a quienes estaban representándonos en el congreso como parte del proceso constituyente. Y en la práctica ¿Qué terminó ocurriendo? que ninguna de estas dos decisiones del pueblo fue respetada, ya que quienes nos representan hicieron valer más tarde nuestra condición de interdicción, y lo explicaré en un intento de orden.
- ¿Quién redacta una nueva constitución?
Aquí vi dos muestras de la interdicción del pueblo: El mecanismo del proceso constituyente y la intromisión del congreso en una segunda etapa.
Desde mi conocimiento particular, la demanda de “asamblea constituyente” ya se veía en la calle durante las movilizaciones estudiantiles por una educación gratuita en el 2010, pero cobró su mayor fuerza durante la revuelta social del 2019 decantando en un proceso constituyente. Sin embargo, como somos un pueblo interdicto, el proceso no fue asambleario y tuvo reglas que no fueron puestas por nosotres, sino que por quienes nos representaban.
Esto me recuerda a una sobre-infantilización: es similar a como cuando une hije le pide algo a su padre y este le entrega conductistamente algo parecido, pero no igual sólo por reafirmar su autoridad… en este caso el poder político hizo lo mismo: a pesar de que el pueblo pedía “asamblea constituyente”, representantes instalaron una “convención constitucional” que, a pesar de que posean nombres similares, eran en la práctica formatos performativamente distintos.
Es decir, rectificaron la interdicción del pueblo haciendo finalmente lo que elles quisieron.

(Imagen hace referencia al minuto 6 del Capítulo 36 en la Temporada 2 de “Los padrinos mágicos”.)
Después de rechazado el primer texto, se organizó una segunda propuesta y, a pesar de que en un primer plebiscito nuestro discernimiento nos llevó a votar por la opción de personas elegidas exclusivamente para este proceso (rechazamos una convención mixta de 50% congreso y 50% elegidos para redactar), en esta segunda etapa el congreso obvió el resultado de esa voluntad popular y ocupó nuestra interdicción, imponiendo su participación de todos modos.
Entonces terminaron designando a sus propios representantes como congreso en mixtura con representantes elegidos por el pueblo. Por tanto, otra vez hicieron caso omiso a la primera elección popular que les dejaba fuera de esto e igual terminamos en una convención que concretamente fue mixta.
2. ¿Y la nueva constitución?
La segunda situación que quiero exponer dice relación con el fin del proceso constituyente.
A pesar de que en el primer plebiscito votamos por un rotundo sí a una nueva constitución, la segunda propuesta también fue rechazada y, como consecuencia, la clase política decidió unidireccionalmente que el proceso se daba por finalizado.
En ese momento me pregunté ¿Dónde quedó la decisión del pueblo que mandató mediante voto en el primer plebiscito nuestra voluntad de cambiar la constitución pinochetista?
Quienes nos representan cerraron la puerta a continuar el proceso constituyente e, independientemete de sus razones, su decisión es una afirmación de nuestra interdicción. El poder que adquieren como “representantes” les da la potestad de desacatar incluso lo que ya habíamos votamos como pueblo… ¿Es eso realmente democrático?
En resúmen, si el proceso constituyente no hubiera sido una “convención constitucional” y sino que una “asamblea constituyente”, habría sido el propio pueblo quienes hubiéramos diseñado el mecanismo de redacción en todas sus etapas, así cómo también si queríamos o no dar por finalizado el proceso.
Pero nada de eso ocurrió.
Entonces esta democracia con apellido de “representativa” nos deja sin posibilidad de vincular nuestros pensamientos, ideales, sentires y proyecciones de manera concreta y vinculante porque eso depende exclusivamente de quienes nos “representan”.
Y continúo con mis preguntas: si la representación permite que un grupo reducido de personas impongan sus ideas contra la voluntad del pueblo ¿Sigue siendo democracia? A mi particular parecer, estas situaciones no son democracia, son autoritarismos disfrazados en una performance de supuesta escucha a los reclamos de la ciudadanía.
Quiero soñar con que como pueblo logremos reflexionar sobre nuestra organización social, y tal vez, solo tal vez encontraríamos otros nombres y apellidos que sean más respetuosos de nuestra real sentipensar colectivo.
También me gustaría dejar una reflexión para otro día: en este escrito aún no menciono otros apellidos que inciden de otra forma en esto, como los Matte, Angelini, Luksic y otros internacionales…. Apellidos que también sustentan desde las sombras nuestra interdicción…
Después de despertar, parece que Chile está haciendo una siesta muy profunda mientras quienes nos representan siguen trabajando en su cocina neoliberal.
Mi respuesta: ¿Nos animamos a salir de la cama o mejor seguimos soñando? Total, lo que no se ve no existe, y con los ojos cerrados no nos dolerá el certificado notarial implícito en la constitución que declara:
“PUEBLO INTERDICTO”
– Por favor, mantener silencio y no molestar mientras duermen-
Referencia: Imagen de portada, “La iluminación” obtenida de la artista Geni Riot, Instagram @geni.riot
NOTA EDITORIAL: Cabe destacar que toda columna de opinión es personal y no necesariamente representa el pensamiento de la Fraternidad.
